COLETAS Y MILES DE CARCAJADAS
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LA BIBLIOTECA - Muchocuento
 

Era una bonita mañana, el sol lucía en el cielo y los pájaros cantaban en lo alto de sus árboles.
Sonó el despertador y Coletas saltó de la cama pensando que algo ocurría… --¡ buff que susto!- exclamó. Se vistió rápidamente, desayunó su vaso de leche con cereales y, con su mochila, salió de casa camino del colegio.
Allí se encontró con todos sus amigos y juntos entraron en clase. La señorita Mercedes era seria y no le gustaban las bromas, así que se sentaron y comenzaron a escribir la tarea diaria.
De repente alguien llamó a la puerta. El señor director entró y nos presentó a un nuevo niño que a partir de ahora sería un amigo más. Los niños le sonrieron le dieron la mano y también la bienvenida, pero Pablito, que así se llamaba, caminaba con la cabeza abajo y su boca no parecía conocer la sonrisa.
En la clase, todos le miraban e intentaban acercarse a él, pero la timidez de Pablito le impedía responderles.
Sonó la campana y los niños salieron corriendo al patio. Lucía se mostraba preocupada por su compañero y pensó que algo podrían hacer por él. Reunió a sus amigos en un corro y hablaron sobre ello.
-¿Qué le pasa a Pablito? – dijo el pequeño Diego.
- Yo creo que se le han caído los dientes y es por eso que no abre la boca- contestó Carlitos.
- ¡No!, lo que le pasa es que un gato le ha comido la lengua y ahora no puede hablar y tampoco sonreír porque se siente triste- dijo Raquel. Mientras los niños discutían, intentando averiguar lo que sucedía con Pablito, volvió a sonar la campana y regresaron a la clase.
Durante la hora de matemáticas, Lucía con un gran disimulo comenzó a tirar de sus coletas y las estrellas de colores salieron para volver a hacer uso de su magia. Nadie se dio cuenta de lo que pasaba hasta que levantaron la cabeza y vieron que a la señorita Mercedes se le había rizado el pelo y se le había puesto verde y además le había crecido una nariz roja de payaso. Los niños no paraban de reír, tanto que algunos hasta lloraban. Pablito levantó la mirada y cuando vio a su maestra intentó mantenerse serio, pero todos sabemos que la risa se contagia y el niño no pudo evitar romper a reír. Coletitas volvía a sentirse feliz porque esta vez, le había devuelto la sonrisa a un amigo.

-¡Silenciooooo! – gritó la señorita. No sé lo que está pasando aquí pero os quedareis castigados y así acabaremos con vuestras risitas-. Doña Mercedes quiso saber lo que ocurría y le preguntó a Diego: - ¡usted, dígame lo que le hace tanta gracia!- a lo que el pequeño le contestó tartamudeando: es que… es que… me he acordado de un chiste que me contó mi primo. – y ¿usted Carlitos? - - yo… - intentó decir el niño, pero cuando Carlitos miraba hacia arriba para intentar explicarse, volvía a ver aquella nariz roja y enorme y tenía que cerrar los ojos para no echarse a reír de nuevo. – Yo tengo un tic nervioso y cuando aparece no puedo parar de reír, lo siento mucho señorita- .
Doña Mercedes se iba enfureciendo cada vez más y cuando comprendió que todos se burlaban de ella, cogió su bolso y sacó un espejo. Fue en ese momento, cuando se borraron las sonrisas de las caras y empezaron a temblar, pensando que iban a ser descubiertos. Lucía volvió a tirar de sus Coletas y las estrellas volvieron a hacer de las suyas. La señorita se miró en el espejo y se vio hermosa como una reina, tanto que olvidó lo enfadada que estaba y continuó la clase con una bonita sonrisa que jamás había mostrado.
Los niños se tranquilizaron y Lucía les guiñó el ojo. Todos comprendieron lo que había sucedido excepto Pablito, al que algún día se lo explicarían.
Al salir del colegio, todos recordaron durante horas, lo que había ocurrido y volvieron a reír hasta tirarse por el suelo, pero esta vez con una nueva sonrisa, la de Pablito. Y colorín colorado sonriendo hemos acabado.

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