TENEMOS UN KAMISHIBAI EN EL COLE
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ED. PRIMARIA - Primaria
 

Autora: Olga Ruíz Rodríguez

 

Hace unos meses, aprovechando que en el colegio teníamos un kamishibai, se propuso a los alumnos de 6º crear una historia adaptada a él. Ante el planteamiento de esta actividad, todos los alumnos respondieron con la misma pregunta ¿Qué es el kamishibai?

Kamishibai proviene del japonés, y significa literalmente ‘teatro de papel’. Su uso es sencillo, consiste en contar cuentos apoyados por imágenes. Estas imágenes son láminas con dibujos, que es lo que se ve. Y sobre el reverso traen escrito el relato ilustrado en imágenes.

Como los alumnos de 6º ya son algo mayores para trabajarlo como oyentes, se pensó que sería perfecto que ellos fuesen los encargados de hacer las láminas (con sus ilustraciones coloreadas, con el texto en el reverso, debidamente ordenadas, etc.), pero también de contar la historia a otros niños (con diferentes voces, entonaciones, ritmos, etc.). En este caso, para los alumnos de infantil del mismo colegio.

Al ser el kamishibai una actividad que implica la lectura, la escritura y la creación o adaptación de historias, y la capacidad creativa y figurativa, las actividades se llevaron a cabo en las sesiones de Lengua Castellana y Literatura y Arts and Crafts.

Pero antes de comenzar, era necesario planear cómo y cuándo lo íbamos a hacer, y, sobre todo, qué íbamos a hacer. En primer lugar, era necesario decidir cómo iba a ser la historia. Tras algún que otro debate, con razonamientos y justificaciones de uno y otro bando, en lugar de crear una historia nueva, se decidió adaptar al kamishibai una historia ya hecha, como era el Rey León, ya que, según ellos mismos “así nos aseguramos que les guste a los niños a los que le contamos la historia”.

A pesar de que todos conocían el cuento, los alumnos volvieron a leerlo individualmente. Y después de hacer un resumen de la historia con el argumento y los personajes, en grupos de 4 personas, la dividieron la historia en 15 episodios cortos. Aunque cada grupo había dividido los episodios de forma diferentes, se puso en común y, entre todos (básicamente con las aportaciones y justificaciones de cada uno y después haciendo una votación a mano alzada) se decidió como sería la distribución de los 15 episodios.

Ahora era necesario poner imagen a cada parte. Con cuidado de que representara cada momento, de no solapar imágenes y de buscar la participación equilibrada de todos los personajes. Con ayuda de algún libro y con las imágenes de internet y de la película, se hicieron las ilustraciones para cada una de las láminas.

Y mientras tanto, se iba escribiendo la historia en el reverso de las láminas (sí, también con ayuda del libro y la película, especialmente para los diálogos, que tendían a hacerlos bastante largos). Con cuidado de escribir el texto correspondiente en la lámina anterior, ya que, mientras la imagen está dentro el kamishibai para mostrarla, no se puede leer (están las láminas siguientes) y no se puede ver el reverso. Así que, por ejemplo, el texto correspondiente a la imagen de la lámina 1, se escribiría en la lámina de portada; el texto de la imagen de la lámina 2, se escribiría en el reservo de la lámina 1 y así sucesivamente.

Una vez que la historia estaba montada, parecía que teníamos todo el camino hecho, pero no. Era el momento de ensayar y preparar la puesta en escena. Pero lo cierto es que solo había 15 láminas y en clase éramos algunos más. Así que, la mejor forma de participar todos (no solo en la elaboración, también en la participación), fue iniciar con la presentación de los personajes.

Con cartulina, se dibujaron, recortaron y pegaron, hasta componer a cada uno de los personajes, y en el reverso, se hizo una definición clara y sencilla de cada uno de los personajes intervinientes.

Ahora sí que sí, teníamos todo el material hecho. Y era el momento de ensayar. En primer lugar, organizar cómo nos situábamos. En teoría, en la lectura del kamishibai, al cuantacuentos no se le ve, ya que se esconde detrás, y utiliza la voz como elemento de trabajo (junto con las imágenes). Pero en este caso éramos 15 personas para leerlo, así que lo primero fue hacer la distribución para que no se nos viese (o, al menos, no mucho).

Y después, venía el entrenamiento en la expresión oral. Ya que una cosa es leer para uno mismo y otra muy distinta es contar una historia a niños de infantil. Era importante que ellos mismos se creyesen la historia, comprendiesen perfectamente qué estaban contando, para poder transmitirla adecuadamente. Y creedme ¡no fue tarea tan sencilla! Por allí reinaba la lectura monótona y sin signos ortográficos. Tras mucho leer en alto, cuidamos la entonación, para hacer la historia entretenida y cercana a los niños; variamos de voces y ritmos y, sobre todo, cuidamos mucho los signos ortográficos y las onomatopeyas. Es cierto que las imágenes es lo primero que se ve en la presentación, pero la narración y cómo se cuente la historia, es el factor determinante para conectar con nuestra pequeña audiencia.

Ya teníamos dominado todo, o al menos casi todo, solo faltaba hacer la interpretación con el kamishibai: pasar las láminas con cuidado, de una en una y de derecha a izquierda; la puesta en escena y presentación; la apertura del kamishibai para generar el interés y motivación en los pequeños, etc.

En los últimos días, además, se pensó en incluir elementos que le diesen más forma a la representación y los alumnos prepararon entradas, que le darían a los niños, para ticarlas en la entrada, igual que en musical del Rey León (de hecho, la entrada se adaptó de la de este musical). Y, además, de acompañar ciertos momentos con música de la película (como en la entrada, en medio de la historia o al final).

Parecía que estaba todo muy cuidado, solo hacía falta que llegasen los niños de infantil y… ¡A poner en práctica todo lo que habíamos trabajado! Y tanto, porque les quedó fenomenal. Solo había que ver lo contentos que estaban los niños de infantil que pedían otra vez que le contasen la historia.

Pero no había tiempo para más actuación… así que nos subimos para clase. Aunque claro, para hacer algo muy necesario en todas las actividades. La auto y coevaluación. Primero de forma individual, y mediante un pequeño cuestionario, respondieron a qué fue lo que más le gustó y lo que menos de la preparación, qué fue lo que más les costó y lo que menos, lo mejor y lo peor de la “actuación” y, sobre todo, qué habían aprendido durante el proceso y qué cosas podían mejorar. Por supuesto, todo en torno a ellos mismos, es decir, de cada uno individual. Era el momento de reflexionar sobre ellos mismos. Después, de forma asamblearia, pusimos de acuerdo las dificultades, los puntos a mejorar y lo mejor a nivel de grupal. Para el próximo año, hacerlo mejor. Y es que ellos están deseando volver a repetir la experiencia.

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