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Bitácora
EL PODER DEL ALGODON PDF Imprimir E-mail
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Arte e Historia - Bitácora
06 marzo 2017 6

Cotton pickers de Willian Aiken Waljer (1838 - 1921).

Autor: Roberto Alonso Tajadura

La afluencia de manufacturas de algodón confeccionadas en los valles del Indo siempre tuvo muy buena acogida en los mercados europeos. Desde la antigüedad grecolatina, sus ricos y coloridos estampados hicieron de estos tejidos un artículo muy apreciado en las sociedades de la época.

Hasta el siglo XVIII, la producción textil europea era muy marginal, apenas se reducía a la lana, y no podía competir con las importaciones de hilos y tejidos que provenían de Asia. Esta situación, sin embargo, comenzaría a invertirse hacia 1750.

Las razones de este cambio se encuentran fundamentalmente en la creciente disponibilidad de áreas de cultivo dedicadas al algodón en las colonias británicas de Norteamérica y la ignominiosa explotación del trabajo esclavo que se practicaba en ellas.

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Recogida manual de algodón en una plantación de Oklahoma (Estados Unidos).  Finales del siglo XIX. 

La masiva producción de algodón que recogían los esclavos africanos en América y que llegaba en rama en grandes fardos a los puertos ingleses para su transformación propiciaría el desarrollo de un potente sector textil que, por primera vez en la historia, podía competir con los paños asiáticos.

Estas grandes remesas de algodón sumadas a las abundantes reservas de carbón en Inglaterra, significaron el nacimiento de un revolucionario proceso productivo que modificaría para siempre la industria textil y la economía internacional.

A medida que se consolidaba, los tradicionales talleres británicos se transformaron, merced a las nuevas máquinas e ingenios, en fábricas cada vez más productivas. Ciudades como Lancaster o Manchester, al norte de Inglaterra, se convirtieron, con el algodón que llegaba a Liverpool –principal puerto de arribada a Europa–, en centros de producción a escala mundial.

En poco tiempo, el modelo productivo se extendió al continente, estableciéndose principalmente en el norte de Francia y Bélgica. La Revolución Industrial no hacía sino iniciar su singular andadura.

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RIcónica fotografía de Mahatma Ganchi hilando en su rueca. 

En este contexto, el incipiente capitalismo industrial, representado por poderosas familias de comerciantes como los Rothschild, los Baring o los Rathbone, estuvo especialmente amparado por unas prácticas económicas de corte proteccionista que, alejadas de una política liberal que favoreciera el libre comercio, obstruían las importaciones asiáticas. Es más, las potencias europeas, en especial, el Reino Unido, preocupadas por proteger sus intereses industriales y comerciales no dudaron en imponer a otras economías la apertura de sus fronteras a los tejidos de algodón europeos, tal y como sucedió en China, a partir de 1860, al término de las guerras del opio.

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Cartel que representa  el interior de un barco negrero, circa 1789. 

De esta forma, las colonias europeas que se extendían por África y Asia se convirtieron en mercados cautivos que recibían, en detrimento de su propia actividad productiva, paños y tejidos ya procesados. En otras palabras, el desarrollo industrial europeo se estaba levantando a costa del trabajo esclavista americano y la desindustrialización de Asia.

El resultado fue una fuerte caída de las producciones tradicionales de tejidos asiáticos que socavó inevitablemente su supervivencia. Solamente cuando se desencadenó, en 1861, la guerra de Secesión americana, se percibió en ellas cierto alivio.

Las consecuencias propias del conflicto y la definitiva abolición de la esclavitud tras la derrota, en 1865, de los llamados Estados Confederados, paralizaron la próspera industria algodonera británica. Los precios del algodón se dispararon afectando negativamente a sus márgenes de beneficio. A fin de cuentas, todo el entramado comercial y productivo se sostenía sobre la base de que éste era siempre poco costoso ya que aquél se cultivaba y recogía en campos de trabajo que empleaban exclusivamente mano de obra esclava.

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Cartel que anuncia una subasta de esclavos en Charlestown, Carolina del Sur (Estados Unidos). 

Al cabo de la guerra civil de Estados Unidos, la solución a estos desajustes se produjo con la diversificación geográfica de las fuentes de abastecimiento, y la adaptación laboral y de las condiciones de trabajo de quienes recolectaban la materia prima.

No obstante, esta adaptación no fue automática. Es más, en muchas ocasiones, la transformación del trabajo esclavo en asalariado por cuenta ajena apenas fue una cuestión de forma habida cuenta de la precariedad laboral que se instaló entonces.

Superada la crisis, en el último cuarto del siglo XIX, los cultivos de algodón se habían extendido a otras regiones como el Imperio otomano, el centro de Asia, hacia donde se expandía la Rusia imperial, Brasil y Argentina, Togo, gracias al empeño colonial alemán en África, y, sobre todo, Egipto y la India, cuyo transporte se abarató mucho con la apertura del Canal de Suez.

 Imágenes tomadas de: Wikimedia.